De Vestigios y Harapos

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Escuche el sonido perdido del campanario. Entre tanto ruido, tantos autos, y edificios; lo escuche. Ella estaba a mi lado y también lo escucho. La tarde enmudecía las hojas que caían de los arboles. Fue allí en la cortada escondida donde nos conocimos. Nos sorprendimos en el momento de tirar al vació, aquello que cargábamos.
La vi asustada, sus piernas temblaban, y sus ojos se retorcían imaginando que tiraba la muerte por la borda.

- Porque lo tiras?
- Porque no soporte mas que me acose, me observe, y se la pase pidiendo mas de mi. ¿Y vos?
- Sentí lo mismo, estaba atravesando mi vida, jugando con cada gota de mi sangre...

Ella era Paula, una mujer tan frágil como yo, (un porteño tonto y soñador). Los dos nos situamos en ese momento donde el destino nos puso en una unidad de tiempo para vivir el hecho.

Simulando un juego verbal de la mafia dijimos al mismo tiempo "Que el dolor parezca un accidente".

Al rato nos desvestimos, porque el dolor había contaminado nuestra ropa, nos vimos desnudos e indefensos. Era necesario.
Ella estaba colorada, y totalmente avergonzada. Sabia que esas ropas le haría daño si las usara de nuevo. Sentí libertad, y un cosquilleo extraño en mi cuerpo que me hacia sentir vivo.
En el suelo, aquellas ropas solo eran harapos, tontos e indefensos, castigados por el frió, y seguramente saqueados por las sombras que sucumben en soledad.

Pálidos y sabios no nos quedo mas que caminar desnudos por la acera, la gente no entendió nuestros mecanismos de defensa, ellos solo piensan en sus cosas materiales y en que aquellas sombras no se las lleven por delante.

Llegamos a su casa, la salude con un abrazo inconsciente y perdido de sentido.

- Fue en defensa propia
- No, fue por venganza.

Después seguí mi camino, y supe que había enterrado al dolor y que estaría acompañado con su par.
Estarían creciendo juntos, pero para que pensar en ello, me resulta complejo idealizar que el dolor algún día, se enamoraría.

En mi casa, tome un baño. La suciedad del aire se había pegado a mi piel y a mi pelo, como también la mugre que llevaban las personas en sus miradas leves de humanidad, que no hicieron mas que seguir embarrando mi mente y mi desnudez.

Salí del baño y dispuse nuevas prendas sobre mi cuerpo, parecía un tipo diferente, nuevo.
Fui a la heladera tome un vaso de vino, y observe la noche. Chopin tocaba de fondo sus melodías hambrientas, mientras que la luna giraba como un queso gigante. Fue una noche de asombros, y nuevas visiones.

A la mañana desperté y disfrute de mi cama extra grande, disfrute de su espacio, el olor del nuevo perfume a lavanda que compre en un supermercado, no hacia otra cosa mas que suspirar de alegría.

El desayuno tenia otro sabor al habitual, las naranjas eran dulces como la miel, el olor de las tostadas era un recuerdo hermoso de la niñez que volvía para hacerme sonreír, el café parecía el mas sabroso y aromático del mundo.

Salí al patio, donde mi perro dormía, lo acaricie un buen rato, estaba tan contento como yo.

Ya eran las 8, me esperaba el colectivo, el diario y el trabajo, me esperaban aquellas cosas habituales que no había podido detenerme a disfrutar de tal forma. Nada podría afectar esta armonía.

El día fue una gran maravilla, mi piel estaba sedosa y firme, mis ojos brillando, mi pelo mas castaño que nunca. La gente tomando asombro de esta nueva forma de presencia.

El día concluyo entre pasos de tango y poesía. Llegaría la hora de dormir.

- ¿Que haces acá? ¿Y en mi cama?, yo... yo te enterré en aquel lugar... vos no podes estar acá, ¡¡no sos real!!.
- Enterraste el dolor, pero te olvidaste de mi y de las cosas felices; te olvidaste de aquellos lugares, aquellos momentos, los besos, las caricias, las cosas que nos gustaba hacer.
- ¿Para que volviste? estaba feliz con mi nueva vida, con el nuevo mundo que se abrió hacia mi.
- Volví porque no podes matar al dolor, siempre te va a seguir, siempre va a estar. Solamente lo tenes que entender, y cuando se convierta en olvido, disfrutar de aquel momento de felicidad.

Parecía un mal sueño, pero allí estaba, era ella. Pensé que se había ido en el momento de enterrar al dolor. Fueron segundos que se aproximaron a la escena y mi corazón comenzo a murmurar sobre aquellos vestigios, sepultados en un manto de tierra blanda, que se elevaban para impulsar mis latidos fuertemente.

Sabia que esta felicidad era demasiado, y que no podría ser tan perfecta. Que mi cama ya no tendria ese perfume a lavanda, estaría su escencia de mujer esparcida por mis sabanas. Ya las naranjas no serian tan dulces y que del pan tostado solo serian migas quemadas.

Pense que me había olvidado de su existencia. De esos ojos altones, su rostro regular, su pelo largo que se enmarañaba sobre mis manos cada vez que besaba su boca finita. Al principio estuve asustado, como si un fantasma se posara ante mis ojos, y aquel magnifico encuentro con la felicidad fuera parte del pasado, un pasado transitorio.
Luego llego la atracción y ese golpeteo tonto que se originaria en mi pecho. Un tambor desafinado que se sentía amenazado y poseído por aquella mujer.

Al final, el dolor tiene esa rareza de meterse en cada recoveco y jugar con nosotros. El dolor es un paso celebre de la felicidad. Porque uno sin el otro no podrian existir.

Escuche que Paula, fue al lugar donde dejo su dolor. Y toda la noche estuvo aferrada a el. Llorando y redescubriendo su alma.

Ahora todos caminamos a la par, un poco mas prevenidos, un poco mas sabios que antes. Mas tontos pero mas tolerantes.

Francisco Javier Ponce de León

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